ES QUE HA SIDO UNA VERGUENZA:))VAYA TELA:P
Estaba el otro día en un andén del metro, echándome unas risas con mi hija mientras ensayábamos los cuatro movimientos del Chiki-Chiki (ya saben: el `brikindans´, el `crusaíto´, el `maiquelyason´ y el `robocó´, a los que ella ha incorporado alguno de su cosecha. Entonces se me acercó un señor, entre consternado y perplejo, y me preguntó: «Pero... ¿es usted Juan Manuel de Prada?». A lo que yo contesté con un asentimiento. «¿Y cómo deja que su hija baile esa mamarrachada?» Confesaré que el rubor trepó a mis mejillas; ensayé una respuesta que era más bien un balbuceo: «Pues... hombre, la niña se divierte. Y yo... en fin, qué quiere que le diga... también me divierto». Esto último lo dije casi en un susurro, en ese tono entre confidencial y vergonzante con que reconocemos nuestras debilidades. «¡Pues vaya manera de divertirse! –se enfadó mi amonestador–. ¡Esa canción estúpida es una vergüenza para los españoles! ¿Es que no se da cuenta? ¡El mundo entero va a identificarnos con esa sandez!» Llegó en ese momento el metro que mi hija y yo estábamos esperando, inundando el andén con su estrépito, y la conversación quedó interrumpida. Yo me quedé un poco mohíno, pues no había hallado una respuesta que me sirviera de descargo ante mi anónimo interlocutor; pero, en el trayecto hasta casa, mi hija consiguió que se disipara mi bochorno, diciéndome: «Pero si el Chiki-Chiki es una risa... ¿Por qué está mal reírse?».
Estaba el otro día en un andén del metro, echándome unas risas con mi hija mientras ensayábamos los cuatro movimientos del Chiki-Chiki (ya saben: el `brikindans´, el `crusaíto´, el `maiquelyason´ y el `robocó´, a los que ella ha incorporado alguno de su cosecha. Entonces se me acercó un señor, entre consternado y perplejo, y me preguntó: «Pero... ¿es usted Juan Manuel de Prada?». A lo que yo contesté con un asentimiento. «¿Y cómo deja que su hija baile esa mamarrachada?» Confesaré que el rubor trepó a mis mejillas; ensayé una respuesta que era más bien un balbuceo: «Pues... hombre, la niña se divierte. Y yo... en fin, qué quiere que le diga... también me divierto». Esto último lo dije casi en un susurro, en ese tono entre confidencial y vergonzante con que reconocemos nuestras debilidades. «¡Pues vaya manera de divertirse! –se enfadó mi amonestador–. ¡Esa canción estúpida es una vergüenza para los españoles! ¿Es que no se da cuenta? ¡El mundo entero va a identificarnos con esa sandez!» Llegó en ese momento el metro que mi hija y yo estábamos esperando, inundando el andén con su estrépito, y la conversación quedó interrumpida. Yo me quedé un poco mohíno, pues no había hallado una respuesta que me sirviera de descargo ante mi anónimo interlocutor; pero, en el trayecto hasta casa, mi hija consiguió que se disipara mi bochorno, diciéndome: «Pero si el Chiki-Chiki es una risa... ¿Por qué está mal reírse?».

